jueves, 19 de marzo de 2009

La puerta de Madera

Pues esta es la primera parte de un cuento cortito que estoy escribiendo, esta un poco muy fumado pero espero que les guste.

La Puerta de Madera
Parte I
Es imposible no recordar lo que me pasó aquella vez, se dice que la curiosidad mató al gato, pero está vez no mató a un gato, por poco me mata a mí. Coyoacán siempre ha sido un lugar bello y acojedor, con los escenarios de sus bellísimas plazas, que aunque no muy grandes, siempre están acompañadas de espléndidos jardines y pintorescas iglesias. Las plazas son espacios muy bonitos sin duda alguna, sin embargo, lo que más me llama la atención de Coyoacán son sus callejones, y no hay barrio en Coyoacán con callejones más interesantes que el barrio de Santa Catarina. Siempre he sido muy observador y al pasearme por el barrio de Santa Catarina siento curiosidad y no dejo de imaginarme un sin fin de historias y anécdotas solo con echar un leve vistazo a las fachadas de aquellas casas pintadas con colores pastel, que conforman los callejones de aquel barrio. Quien diría que un buen día acabaría maldiciendo mi curiosidad, todo por meterme al callejón que no debía.

Santa Catarina tiene una avenida principal, Avenida Francisco Sosa, no es muy ancha y solo tiene un sentido para los carros que pasan por ahí con dirección al centro de Coyoacán. En esta avenida se encuentra mi sitio favorito no solo en todo Coyoacán, si no en toda la ciudad; en la banqueta, siguiendo la fachada de las casas, derrepente hay una sección que destaca, es una pared sin pintar y en el centro de esta pared hay una puerta de madera víctima del tiempo y que si uno se asoma entre los hoyos de esta, lo único que se alcanza a ver es un gran terreno lleno de pasto mal arreglado, pero tal vez si pasas por aquella puerta, todo ese terreno cubierto de pasto sin cortar se convertiría mágicamente en un jardín enorme lleno de flores de cualquier color y en el centro de aquel jardín destacaría una casa enorme, pintada de blanco, de tres pisos, y quien quiera que fuera el que viviera ahí seguramente sería alguien que ni yo soy capaz de imaginar. Pero no solo era la puerta lo que me llamaba la atención. Enfrente de la puerta, sobre la banqueta hay algo muy peculiar, se trata de una especie de jardinera con forma circular, está un tanto descuidada y pintarrajeada, tiene unos bordes en los que uno puede sentarse. En esta jardinera esta plantada un árbol muy grande y sobre todo muy viejo, y que como cualquier otro árbol viejo, me da la impresión de que ha sido testigo de todo lo que corresponde al paso del tiempo. Siempre he pensado que si los árboles pudieran hablar, serían los seres más sabios de este mundo, porque aunque no pueden moverse, seguramente intercambian sus conocimientos con los demás árboles a través de sus hojas marchitas que viajan por el viento, compartiendo así una sabiduría milenaria generación tras generacíon de árboles. Aunque sería bueno que los árboles pudiesen hablar para que contagiaran a la humanidad de todo el conocimiento y sabiduría que poseen, estoy seguro de que la humanidad tomaría las riendas equivocadas de esta sabiduría y la usaría con fines egoístas y malevolos, así que me gusta más la idea de que yo en específico fuera el único capaz de hablar con los árboles. Pero este árbol en la jardinera circular y descuidada de la Avenida Francisco Sosa, me daba la impresión de que era el más sabio de todos los árboles, me gustaba imaginarme que era por la forma en que sus hojas siempre estaban regadas por el suelo de la banqueta y por toda la avenida, pero en realidad pensaba eso solo por una simple corazonada. Por eso aquella jardinera es mi lugar favorito de toda la ciudad, tal vez algún día que estuviera leyendo a la sombra de aquel arbol sabio, este se decidiera a dirigirme la palabra.

También, tal vez el árbol sabio era capaz de decirme todos los secretos que acojen aquellos callejones del barrio de Santa Catarina ¡Magnífico! Y sobre todo tal vez el árbol sabio era capaz de decirme el secreto tras la puerta de madera...

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